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Todos hemos vivido esta situación en el último gran apagón eléctrico nacional, la ciudad se vuelve caótica cuando los semáforos dejan de funcionar, pues para que esto no vuelva a suceder, en Barcelona los han blindado.
La capital catalana inicia la instalación de sistemas de alimentación ininterrumpida (SAI) en un centenar de intersecciones críticas -no en todos los semáforos-, una medida de seguridad que aplaudimos y que es vital para nosotros, el colectivo motero, el más vulnerable cuando la señalización lumínica se funde a negro.
De este modo, el Ayuntamiento de Barcelona ha comenzado a dotar a su red semafórica de “baterías de emergencia”, garantizando que los cruces sigan gobernando el tráfico incluso cuando la red principal de suministro eléctrico desfallezca.
El millar de nuevos SAI a instalar, que alimentarán a los semáforos en los apagones, se integrará en los armarios de control de cada intersección y actuarán de forma instantánea al detectar una caída de tensión.
Un cruce céntrico en Barcelona: sin semáforo es un caos.Juan Rodríguez
Estos equipos no garantizan un funcionamiento eterno hasta el restablecimiento del flujo eléctrico, pero al menos ofrecen una autonomía de entre tres y cuatro horas, suficiente para la gran mayoría de apagones.
Con estos SAI no solo se mantienen activas las luces LED de los semáforos -todos los de la Ciudad Condal son 100% LED-, sino que también se mantiene la conectividad con el Centro de Gestión de Movilidad, permitiendo la monitorización en tiempo real de la avería.
Los “puntos calientes”: Diagonal, Gran Via y Aragó
La primera fase del plan se centra en 100 cruces estratégicos. Se ha priorizado lo que técnicamente llamaríamos las “arterias de alta capacidad”: vías como la Diagonal, la Gran Via de les Corts Catalanes o la calle Aragó. Son puntos donde la densidad de tráfico, sumada a la alta presencia de motocicletas y scooters filtrándose entre carriles, convierte un semáforo apagado en una trampa de seguridad vial de primer orden.
Estéticamente, la intervención es invisible para el ciudadano —los equipos quedan integrados en la infraestructura existente—, pero su impacto funcional es radical. En una ciudad con el censo de motos de Barcelona, donde la agilidad depende de la previsibilidad de los flujos, el hecho de que un cruce de cinco carriles no quede a ciegas es la diferencia entre un susto y un accidente grave.
Con esta “reserva” energética, Barcelona se alinea con otras metrópolis europeas que entienden que la regulación del tráfico es un servicio crítico que no puede depender de un solo hilo de corriente.
