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Para muchos moteros, salir a dar un paseo en moto es una experiencia que se acerca a lo divino. Pero la relación del Papa con los motoristas no guarda relación con la pasión por conducir rodeado de bonitos paisajes y compañeros de trayecto, sino más bien una mezcla de motivos solidarios y comerciales de distintos colectivos y marcas. El papa León XIV, que estos días visita a España, ha continuado con la tradición creciente de recibir una motocicleta en el Vaticano como regalo. Hace cosa de un año, se subió a una espectacular BMW R18 Transcontinental de color blanco impoluto y personalizada con varios motivos papales.
El curioso regalo de la fábrica alemana fue un regalo de un colectivo motero religioso del país, los Jesus Bikers. El pontífice decidió hacer lo que hicieron con regalos similares sus predecesores: subastar la máquina para destinar los ingresos a misiones solidarias, recaudando la friolera de 156.000 euros.
El gesto de León XIV siguió la senda fortalecida por Francisco, que recibió regalos de Harley-Davidson, Ducati y Vespa durante su pontificado y aprovechó encuentros con campeones de MotoGP como Pecco Bagnaia para advertir de los peligros de ir en moto en la carretera y la importancia de conducir con prudencia y mucha conciencia en una audiencia con la FIM.
Al pontífice argentino le cayeron también regalazos de varias marcas, el más imponente de Harley, que en 2013 le hizo llegar una Dyna Super Glide personalizada que se subastó con fines benéficos por 327.000 dólares. Algo más adelante, un grupo de entusiastas de Vespa le regaló a Francisco una 50R de 1971 teñida de blanco y decorada con los escudos vaticanos y casco a juego.
A pesar de que el anterior pontífice fue quizás el más motero, la tendencia de aceptar regalos de fábricas de moto lo inició Benedicto XVI, que en 2010 recibió dos Ducati Multristada pintadas con los colores de la Guardia Vaticana que se usaron a partir de entonces como vehículos de acompañamiento en las distintas comitivas papales en Roma.
Si parecen obsequios caros, solo hace falta remontarse a Juan Pablo II para ver que las marcas de automóviles también apostaban por este tipo de iniciativas que mezclan la solidaridad con una publicidad nada desdeñable. Ferrari, por ejemplo, le regaló al entonces pontífice un Ferrari Enzo que en su día se vendía por un millón de euros (y ahora puede alcanzar en la reventa los 17 millones). Todo para salir en la foto, vaya.
