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Las carreteras de Irlanda y Reino Unido se han convertido en el escenario de una preocupante tendencia que va mucho más allá de dos accidentes mortales y arrastra una fuerte polémica. En el centro se encuentra una peligrosa subcultura que utiliza las redes sociales para exhibir conducción temeraria, persecuciones policiales, velocidades extremas e incluso la circulación en sentido contrario, con los likes y las visualizaciones como recompensa. Dos tragedias ocurridas en apenas unos días han puesto el foco sobre TikTok y sobre la responsabilidad de las plataformas a la hora de frenar este contenido.
El primer caso tuvo lugar el pasado 16 de agosto en Irlanda. Cinco adolescentes, de entre 15 y 18 años, murieron cuando el BMW en el que viajaban circulaba en sentido contrario por la autopista M9, en el condado de Kildare, y chocó frontalmente contra otro vehículo. Las cuatro personas que viajaban en el coche contrario, una familia que se dirigía a una boda, resultaron heridas de gravedad.
La tragedia destapó además vídeos publicados anteriormente en redes sociales en los que aparecían algunos de los jóvenes realizando conducción peligrosa. La polémica creció cuando el primer ministro irlandés, Micheál Martin, señaló que determinadas conductas al volante podían estar realizándose directamente “por likes” en redes sociales. TikTok, que aseguró estar monitorizando los contenidos relacionados con el accidente, ha retirado posteriormente vídeos y cuentas que incumplían sus normas, aunque rechazó participar en una comparecencia ante un comité parlamentario irlandés que quería abordar el problema.
Y apenas unos días después, Reino Unido vivió un episodio todavía más dramático. Siete personas murieron en un accidente ocurrido en la A66, cerca de Middlesbrough: dos agentes de policía y cinco jóvenes que viajaban en un Volkswagen Passat. El coche circulaba en sentido contrario después de una persecución policial y acabó chocando frontalmente contra el vehículo policial. Algunos de los fallecidos habían aparecido anteriormente en vídeos relacionados con conducción temeraria y persecuciones. La investigación continúa abierta y ya se han producido numerosas detenciones relacionadas con los acontecimientos que rodearon el accidente.
El caso ha provocado una reacción inmediata del Gobierno británico. Downing Street ha exigido a TikTok y al resto de plataformas que eliminen los vídeos que glorifican este tipo de comportamiento y ha advertido de que podrían adoptarse medidas más contundentes contra las empresas que no cumplan con sus obligaciones. La preocupación no se centra únicamente en que los conductores graben sus acciones, sino en que los algoritmos puedan contribuir a amplificar y convertir esas imágenes en contenido atractivo para otros jóvenes.
El problema, sin embargo, va más allá de estos accidentes concretos. Las redes sociales amplían ahora la emoción momentánea de la velocidad con la promesa de notoriedad y gloria, a medida que las hazañas de estos conductores se difunden por internet. Según Sonia Livingstone, profesora de psicología social en la London School of Economics, se trata de “pisar el acelerador en el mundo real sabiendo que eso les da puntos en el mundo digital”. Si las visualizaciones alcanzan cifras suficientemente elevadas, además, existe la posibilidad de obtener recompensas económicas por parte de algunas plataformas.
“Hay mucha investigación sobre cómo el mundo digital de la fama y la visibilidad está adquiriendo una importancia cada vez mayor para los chicos y los hombres jóvenes, en un contexto en el que no disponen de muchas otras formas de reconocimiento”, explica Livingstone, que califica estos incidentes de “absolutamente aterradores” en una conversación con The Guardian.
Aunque las redes sociales pueden ahora impulsarla, lo cierto es que la conducción temeraria no nació ni mucho menos con TikTok. Las carreras ilegales, los joyrides y las exhibiciones de velocidad forman parte de la cultura automovilística desde hace décadas. Las carreras callejeras tienen antecedentes prácticamente desde la aparición del automóvil y durante el siglo XX se desarrollaron distintas subculturas relacionadas con la velocidad, la preparación de coches y las carreras clandestinas. En Estados Unidos, por ejemplo, las carreras callejeras estuvieron vinculadas a la cultura del automóvil de las décadas de 1950 y 1960 y posteriormente fueron popularizadas por el cine, los videojuegos y otros productos culturales.
Lo que han cambiado las redes sociales es el incentivo. Antes, una maniobra peligrosa podía quedar limitada a un grupo de amigos o a los espectadores presentes en una carretera. Ahora puede convertirse en un vídeo visto por miles de personas en cuestión de horas. La recompensa ya no es únicamente la emoción de conducir al límite: son seguidores, comentarios, reconocimiento y, en algunos casos, ingresos. Expertos citados por otros medios británicos advierten precisamente de que el conductor puede acabar pensando simultáneamente en la carretera y en la reacción de quienes están viendo la escena desde sus teléfonos.
La gran pregunta que dejan los accidentes de Irlanda y Reino Unido es, por tanto, dónde termina la responsabilidad individual y dónde comienza la de las plataformas. Las redes sociales no han inventado la conducción temeraria, pero sí pueden haber creado un escenario en el que arriesgar la vida —y poner en peligro la de los demás— se convierte también en una forma de conseguir notoriedad.
